Usos
amorosos de la postguerra española (1987) es, más que un simple ensayo sobre la
dictadura franquista y la moral católica de las décadas de 1940 y 1950, una
radiografía brutal —y tremendamente lúcida— de cómo el régimen se metió hasta
en la cama de nuestros abuelos. Carmen Martín Gaite no solo se llevó el Premio
Anagrama de Ensayo por esta obra; logró capturar la asfixia cotidiana de una
época donde hasta quererse bien estaba controlado.
Leyendo
el libro, llaman especialmente la atención cuatro claves que resumen
perfectamente aquel ambiente:
- Racionar hasta lo que
se siente: En los años del hambre no solo se recortaba la comida; el régimen
también impuso una autarquía emocional. Expresar cariño de más o dejarse
llevar por la pasión era visto casi como una provocación o «cosa de
rojos». Había que guardarse todo dentro, medir las palabras y mantener una
contención casi militar en lo afectivo.
- La trampa perfecta para
las mujeres: A la mujer de la posguerra le vendieron un único destino válido: el
matrimonio. De la mano del adoctrinamiento de la Sección Femenina, la meta
era convertirse en la perfecta ama de casa, coser, cuidar al marido y
llenar la casa de hijos. Quedarse soltera o «vestir santos» significaba
pasar a ser un fracaso a ojos de todos. En el fondo, importar importaba
poco cómo te sintieras; lo crucial era guardar las formas y aparentar
decencia.
- La doble moral de los
hombres: Ellos tampoco lo tenían fácil, aunque jugaran con otras reglas. Se
veían atrapados en una contradicción absurda: por un lado debían mantener
un noviazgo casto y puritano con su «prometida formal», y por otro se les
empujaba a buscar fuera lo que el matrimonio prohibía explorar. Una
dinamita directa a cualquier posibilidad de construir una relación
sincera.
- El noviazgo como
trámite vigilado: Un noviazgo en aquella época no era un espacio de
libertad, sino un contrato bajo la lupa de la familia y los vecinos. Había
que anular cualquier atisbo de pasión o improvisación para encauzar a la
pareja hacia una boda gris y predecible. Lo fascinante del ensayo es cómo
Martín Gaite rescata los detalles de ese día a día: las tardes de cine en
pandilla, los primeros guateques, la tortura de fajas y pololos, las
chicas "topolino" o lo que significaba un símbolo como la muñeca
Mariquita Pérez.

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