El
mejor libro del mundo, de Manuel Vilas, es de esas lecturas que se sienten más
como tomarse un café con el autor que como leer una novela al uso. No tiene una
trama típica de principio a fin, pero precisamente ahí está su gracia: es un
texto muy sincero, cercano y bastante libre, a medio camino entre el diario, la
confesión y la comedia. Partimos de la premisa de haber leído hace unos años “Ordesa”,
una obra también autobiográfica, aunque más seria, más ensalzando el amor a sus
padres y a la infancia perdida.
La
idea de partida tiene su guasa: un escritor (que es el propio Vilas exagerado)
va todos los días a su oficina con la obsesión casi cómica de escribir,
literalmente, la mejor obra de la historia. A partir de esa premisa tan
irónica, se desnuda sin complejos y nos enseña las miserias y manías de quien
escribe: los celos con otros autores, la inseguridad, las ganas de gustar a
todo el mundo y el miedo a envejecer o a caer en el olvido al cumplir los
sesenta.
Lo
que más engancha:
- Parece una charla entre
amigos:
Escribe sin pose, sin intentar quedar bien. Te habla de sus dudas y
contradicciones como si te conociera de toda la vida.
- Humor para temas
serios:
Se ríe de sí mismo. Trata temas que podrían ser bajones (el paso del
tiempo, el miedo a la muerte) con una mezcla de ternura y guasa que entra
muy bien.
- Le saca jugo a lo
cotidiano: Convierte un pensamiento tonto, un viaje o un detalle familiar en
algo en lo que te apetece quedarte a pensar.
A
tener en cuenta: Si buscas una historia con mucha acción o un hilo conductor claro, igual
te resulta un poco lento o desordenado por momentos. Es un libro para dejarse
llevar por las ocurrencias y pensamientos de Vilas, no para ver "qué pasa
al final".
En
resumen, el título es un juego bromista: no pretende ser el mejor libro de la
historia, sino reflexionar sobre esa búsqueda y sobre la vida misma. Al
terminarlo, no te queda la sensación de haber leído una historia de ficción,
sino la de haber conocido de verdad a la persona que hay detrás de las páginas.
