Leer Los dominios del lobo deja, por encima de todo,
una sensación de absoluta sorpresa. Resulta impactante pensar que Javier Marías
escribió esta historia con apenas 19 años, rompiendo de un plumazo con la
literatura realista que se hacía en la España de principios de los setenta. En
lugar de mirar a lo cercano, un jovencísimo Marías prefirió mirar hacia la
pantalla y plantar su historia de lleno en los Estados Unidos.
Más que una novela al uso, el libro se siente como un
divertido y cruento «pastiche» —como bien lo definió en su día Juan Benet—, una
parodia tan inteligente como afectuosa del cine clásico de Hollywood. A partir
del desmoronamiento de la familia Taeger en la Pensilvania de 1922, la trama se
fragmenta en un abanico de relatos independientes donde se cruzan todos los
géneros imaginables: desde las guerras de gánsteres de los años treinta y el
cine negro, hasta los melodramas rurales y las pasiones del profundo Sur.
Lo que más atrapa de la lectura es esa libertad con la que
el autor juega a llevar las situaciones al extremo. Los personajes tienen un
trazo deliberadamente cercano a la caricatura y los acontecimientos se suceden
con una exageración casi folletinesca. Sin embargo, no todo es mero juego de
artificio: bajo esa superficie tan cinematográfica se entreven temas de fondo
bastante más amargos, como la soledad, el poder, la violencia o la eterna
dificultad para llegar a conocer de verdad a quienes nos rodean.
No voy a negar que por momentos puede resultar una lectura
exigente. Tiene pasajes desconcertantes, ritmos volubles y situaciones tan
absurdas que cuesta mantener el hilo o empatizar de forma tradicional con los
personajes. Pero ahí reside también gran parte de su encanto: no busca ser una
historia perfectamente creíble, sino invitar al lector a participar en una
travesura narrativa.
En definitiva, Los dominios del lobo me parece una
obra sumamente curiosa y valiente. Quizá importe más por su atmósfera, su
audacia y su descaro estilístico que por el rigor de su trama, pero leída hoy
posee el valor añadido de dejarnos ver, en estado puro y primerizo, la
imaginación desbordante de quien terminaría siendo una de las grandes voces de
nuestras letras. Una lectura diferente, original y francamente disfrutable si
se aborda con ganas de dejarse llevar por el espectáculo.

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