Tener entre mis manos otro libro de Martín, y creo que los
tengo todos, es pasear por las entrañas de dos amigos: el más antiguo de todos,
Jaén, la ciudad que me vio nacer, y a Martín, el poeta, a quien de alguna
manera y como tal, he tenido la suerte de asistir a su germinar como autor.
Leer a Paredes, es comprender la desolación de un casco antiguo en decadencia;
la injusta desigualdad social de las mal llamadas personas en peligro de
exclusión social, cuando la sociedad ya las ha desechado con la mirada hacia
otro lado; el aprecio a las antiguas costumbres jaeneras (recordándome en
ocasiones al gran Ortega Sagrista) y la defensa de estas (pongamos como gran
ejemplo, el empeño de imitar la Semana Santa de Sevilla, perdiendo la
idiosincrasia de la de Jaén).
Martín Lorenzo Paredes, no sólo es un gran poeta
y escritor, es aquel que pone voz a los "callados" con el ritmo de
los grandes clásicos de la música, y con la ternura y el amor hacia su mujer y
sus hijas, además de ser un buen amigo.
Os dejo unas líneas de la página 60
" El mes amarillo por excelencia ha expirado y el cielo
alumbra diciembre. El invierno anticipado se ve en el humo que sale de las
chimeneas, en la lluvia que limpia las calles de malas conciencias, en la nieve
que reposa en las montañas…
Es esta época un espacio adecuado para el ejercicio de cualquier tipo de arte, ya sea de forma práctica (dejamos este mandato a los profesionales), o teórica, en la que el iniciado profundiza en los conocimientos de la música, de la literatura, del cine, de la pintura..."
Os puedo decir que es uno de los últimos libros que han
entrado en mi casa, y cuando esperaba un poemario a la vieja usanza, me
encuentro un caos perfecto de poesía, pequeños relatos, prosa poética e
incluso, alguna que otra reflexión en voz alta, como recuerdos (en uno de ellos
me veo reflejado, ya que coincidimos en nuestra época infantil)
Pues, ese caos perfecto al que Vicente lo ha titulado con
el palabro “desinquietudes”, como bien explica en la solapa de la portada,
cuando su madre o su abuela le decía muy a lo jiennense: “pero mira que es
desinquieto este niño”. Ese niño, no ha dejado de ser “desinquieto”, y ha
querido plasmar en este, su primer vástago literario, mucho de lo que quería
explotar manchando de buenas letras un libro que te sorprenderá seguro, a mí
personalmente lo ha hecho de una forma grata y con ganas de leer más de
Vicente.
Para los que tienen los egos subidos de tono en el mundo de
las letras jiennenses, que son muchos, intentarán desprestigiar su literatura:
no te preocupes Vicente, eso es porque te temen.
Poema de la página 34
28
Él nos guiaba desde la barra del bar.
Profeta de la media noche, filósofo del amanecer,
destilaba sabiduría entre copa y copa
Iluminando nuestras entendederas con la luz que
manaba de sus ojos y sus palabras.
Nadie supo nunca su nombre ni su procedencia.
Apareció un día de verano a cuarenta grados de
alcohol, desvariando entre metafísica de bolsillo y
erudición de cantina,
pero dejando embobados a los vencidos del calimocho
que acudían a escucharle y a convidarle a biscúter y
chatos en la taberna del Desterrado, un judío iraní que
llegó a Jaén huyendo de la turba que quiso apedrearle
por jurar en arameo mientras meaba contra el muro de
los lamentos con la cabeza apoyada en él.
Nadie supo nunca dónde vivía porque jamás se
apartaba de la barra donde permanecía levitando
mientras predicaba su verbo lúcido y tragaba sin
paladear el vino peleón que el judío le servía y le fiaba.
Desapareció una madrugada, dicen que transfigurado
en la viva imagen del Mesías mientras dos arcángeles
vestidos de mugreros lo sacaban inerte de un
contenedor de basura del barrio La Guita, a veinte
pasos de la taberna del Desterrado.
Aún alzamos el calimocho en su memoria las
madrugadas en que los perros nos esperan en la puerta
En Viena hay diez muchachas, un hombro donde solloza la muerte y un bosque de palomas disecadas. Hay un fragmento de la mañana en el museo de la escarcha. Hay un salón con mil ventanas. ¡Ay, ay, ay, ay! Toma este vals con la boca cerrada.
Este vals, este vals, este vals, de sí, de muerte y de coñac que moja su cola en el mar.
Te quiero, te quiero, te quiero, con la butaca y el libro muerto, por el melancólico pasillo, en el oscuro desván del lirio, en nuestra cama de la luna y en la danza que sueña la tortuga. ¡Ay, ay, ay, ay! Toma este vals de quebrada cintura.
En Viena hay cuatro espejos donde juegan tu boca y los ecos. Hay una muerte para piano que pinta de azul a los muchachos. Hay mendigos por los tejados. Hay frescas guirnaldas de llanto. ¡Ay, ay, ay, ay! Toma este vals que se muere en mis brazos.
Porque te quiero, te quiero, amor mío, en el desván donde juegan los niños, soñando viejas luces de Hungría por los rumores de la tarde tibia, viendo ovejas y lirios de nieve por el silencio oscuro de tu frente. ¡Ay, ay, ay, ay! Toma este vals del "Te quiero siempre".
En Viena bailaré contigo con un disfraz que tenga cabeza de río. ¡Mira qué orilla tengo de jacintos! Dejaré mi boca entre tus piernas, mi alma en fotografías y azucenas, y en las ondas oscuras de tu andar quiero, amor mío, amor mío, dejar, violín y sepulcro, las cintas del vals.